Si me preguntas porqué escribo respondería que no tengo voz para hablar, que no hay ya nada que decir, nada que hacer, a veces me pregunto hasta por qué luchar. Me traicionan los sentidos, me complican mis acciones. mis ir y venir de contradicciones. Mi mente turbulenta jugándome malas pasadas, complicando aún más las complicaciones que hacen complicada la vida de una persona normal. Común y corriente, simple a la vista de los demás.
Me quedo en la continuidad del purgatorio constante de las culpas, de los problemas inexactos de mi mente, de mi imaginación vaga, perdida en un mundo de fantasías, en ese mundo extraño que muchas veces me llena de pesadillas. Buscando constantemente el príncipe de cuentos de hadas que me tiene perdida, cual bella durmiente, esperando que comience la vida. Que comiencen a jugar los sentidos despiertos y relacionarlos con el mundo.
Y es que siempre he estado en este lugar ambiguo, mitad en la realidad mitad en mi mente, en mi mundo maravilloso, lleno de Dioses y monstruos, lleno de esperanza y destrucción y es que sigo siendo la niña que se identifica con canciones de princesitas y que juega a plantearse situaciones fuertes en la vida, que continua sin un rumbo fijo y pretende pintar las nubes de colores, cuando se le han roto los pinceles, cuando el cuadro se ha quebrado y la estética no se ha respetado.
Buscando mi rumbo, pensando en las acciones y sus consecuencias, pensando un poco, aclarando los conceptos y sintiendo; por sobre todo viviendo.
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